SakeTami
koset
koset

patreon


11 Abril 2023 - Fragmentos de un diario despedazado

No comprendo cómo he dejado de escribir. Me hace preguntarme si antes realmente escribía tanto como pensaba. Quizá esté algo más muerta y por ello no escriba. Me preocupa la idea de que una de mis pocas vías de desahogo, constantes en mi tediosa vida, haya desaparecido prácticamente. ¿Qué puede significar algo así? Qué habrá pasado para que ya no necesite escupir escribiendo, para que no desee tratar de comprender con palabras precisas aquello que sufro. ¿He dejado de sentir? Porque no sé qué puede ser más agrio, si haber dejado por completo la emoción o vivir en plena conmoción. Quizá nada de lo que vivo merezca ya mi atención, mi puesta en relevancia de lo que me intriga y descompone. No. Quizá me he conformado con existir. De una vez por todas. Me he conformado con afrontar eso que llaman el día a día, como si no me ahogase cuando me levanto y cuando me acuesto. El verdadero momento de paz es el del sueño. En el sueño emana mi verdadero ser, mi espíritu, mi flujo torrencial de caos inverso donde se agota el cansancio que llevo cargando toda la jornada, o toda una vida. Realmente no sé escribir. Mis sueños escriben mejor que yo. Me encuentran y se apoderan de mí, transformándome. Cuando escribo yo soy la que trata de apoderarse de lo incomprensible, como si pudiera darle una forma aún mejor que la original. Me pregunto cuántas sienten esto. En la cuna del mermadísimo chupapollismo intelectual es fácil que lleguemos a preguntarnos si todas sentimos lo mismo. Es fácil que nos veamos tan falazmente independientes, que dudemos de la universalidad de esta pérdida. Me retuerce pensar que a pesar de sentir lo mismo jamás podremos explicarlo. En realidad tampoco sé qué es sentir, este carnal optimismo por vivir está camuflando demasiado todo lo que podría ser real. Quizá ese es el problema, que ya no hay hueco para lo excepcional. Somos una masa lúgubre que vomita sueños desternillantes de ambición, automejora y antipoiesis. Nuestros sueños son incapaces de definirse por quiénes somos. Nuestros sueños nos observan cada noche para reírse de nuestras incapacidades enclaustradas entre las paredes de una casa mal hecha, restaurada con capas y capas de materiales frágiles, malamente mezclados, reacios a combinar entre sí, herida tras herida la casa sepulta el origen, entre chorreras de moho.

Anoche soñé que nadaba en altamar. Normalmente sueño con el mar, un mar agitado que me escupe, me traga, me ahoga; que siempre me asusta. Un mar totalmente incontrolable. Esta vez se podía nadar. Y mi madre empezó nadando conmigo. Mi madre, en la vida irreal, teme nadar, no sabe hacerlo, incapacidad plena. Pero andábamos en busca de ballenas. Al final acabé yo sola empeñada en llegar a las putas ballenas, nadaba, nadaba, las buscaba borrosamente bajo el agua.  No aparecían, hasta que a lo lejos, las vi. Muy a lo lejos. Todo el rato me daba miedo estar haciendo esa tarea por mi propia cuenta, yo sola, en semejante escenario que en mis sueños siempre se presentaba aterrador. Insistía en ver a un animal que podía matarme con un movimiento despistado. Me habría gustado decir que llegué hasta ellas, pero no fue así. Estuve cerca y desperté. Ese sueño aterrador que me perpetuaba revolviendo espiritualmente las entrañas, ese mar salvaje, había sido transformado por primera vez. Por su nuevo objetivo, superior a sobrevivir: buscar esas ballenas. Me acerco cada vez más a lo que amo y así, a lo que me aterra. Así, el deseo de descubrir frente al miedo de morir, ambos en una lucha sin saber quién ganará. Nunca lo sé. Siempre tengo tanto miedo como ganas de que mis deseos se realicen. Tengo un ego tan grande que no sé si tengo suficiente ego para defenderme. Si huyo, me ahogo; si me quedo, me pierdo. Tengo un castrante miedo a perder el control, o que el control me pierda a mí. El control que pido que se ejerza sobre mí no es el que desean ejercer sobre mí. El control me recuerda que debo evadirme constantemente como yo elija; el control me hace sentir que soy merecedora de la recompensa, del destino final. Cada día tiene un destino final en sí mismo, o varios. A estos destinos yo los llamo ‘porros’. Los porros son la pequeña chapita de excursionista, que se pone en la bandera de un buen niño scout; son la consecuencia de haber pasado por pruebas difíciles o haber superado cierta excitante tarea. Son la repercusión de mi exceso de control, la eterna necesidad de obnubilar mi cerebro y tratar de volverlo más imbécil si eso es posible. Porque ante la ausencia de pensamiento, no elimino el pensamiento sino que más bien voy deteriorando mi memoria. Estos días he escuchado el concepto del retrofuturismo, mi cebrero en realidad sería lo contrario, un futuro que incide sobre mi pasado y no le da margen a ser futuro. No puedo añorar un pasado tan llorado. No puedo añorar un pasado que ya no existe. El fin de la memoria es la muerte. El fin de la escritura es la muerte.

Antes no era suficiente con los porros, antes también escribía. Ahora solamente deseo ese momento en el que ya he pulido el polen, he enrollado ese filtro de cartón y están todos los ingredientes preparados para combinarse en una tóxica inhalación de placer. Matarse es placentero y solo lo niegan los que se engañan. Los puristas de una moral tan conformista como la de un zapato. Que sea cómodo, resistente en su negación y duradero en su legitimación de papanatas aburguesados. A mí me gustan los porros. Igual que a otro le gustan las rancias hamburguesas del Mcdonalds o la coca cola. Me la suda. A veces quisiera no tener que darle importancia a matarme, pero no puedo evitarlo. No puedo evitar que cada día me apetezca autocompensarme por seguir de pie, insistiendo en encontrar las putas ballenas mientras el tiempo me persigue y me pasa bajo los pies. El porro me recuerda que no puedo caminar demasiado, que mis pulmones tienen un límite, que mi deseo quizá, también. Que mis entrañas soportan más de lo que estimo, que mi paciencia es limitada, que mis acciones no tienen nada que ver con mis deseos más anárquicos, que mi necesidad de desintegrarme en un simple sabor es ya más importante que la de conocer a otros. No me vale. No me valen las horas muertas. Antes lo llamaba sobreproducción, ahora lo llamo saber estar. Sé estar en mi ausencia, sé controlarla y manipularla para que no me recuerde qué tan viva estoy como para no dejar de temer. Soy joven, pero son suficientes años de angustia para haber llegado al extremo de la confusión.


© Mi futura dramaturgia ©


More Creators