EPÍLOGO
LO QUE REFLEJAN TUS OJOS ~¡UN MUNDO COMPLETAMENTE NUEVO!~
Ascendieron.
Dejando el sudor teñido de rojo en sus rostros, incapaces de calmar su respiración descontrolada, pisoteando los sacrificios que yacían a sus pies, corrían desesperadamente cuesta arriba, subiendo las escaleras.
Para no desperdiciar los sacrificios ya realizados, para aferrarse a la creencia de que aún podían recuperar algo, todos reprimieron sus lágrimas mientras avanzaban hacia la "luz".
Hacia ese brillo terrenal que nunca penetra en el cruel laberinto.
—¡Haa, haa, haa…! ¡Gah…! ¡¡Gahhhhhh…!!
En el instante en que salieron del calabozo y alcanzaron el primer piso de Babel, Raúl vomitó como si un malestar crónico lo hubiese alcanzado de repente.
Mientras los demás miembros, exhaustos, caían al suelo, él, quien cargaba con todo el peso de la responsabilidad de la "elección", no pudo contener el dolor y el arrepentimiento, y vació su estómago.
Los demás, con la respiración entrecortada, no lo culparon por su comportamiento desagradable.
Ni siquiera Lefiya, quien estaba temblando de rodillas con las manos apoyadas en el suelo, pudo maldecir las consecuencias de aquella decisión.
—¿¡La-La Familia Loki...!? ¿¡Qué sucedió!?
—¡Están completamente destrozados…!
—¡Oigan, apártense del camino!
—¡Trasladen a los heridos graves de inmediato! ¡Utilicen las instalaciones de la torre! ¡Dense prisa!
La aparición de la destrozada y maltrecha Familia Loki saliendo de las escaleras en espiral sorprendió no solo a los aventureros que los habían cruzado en el calabozo, sino también a los desprevenidos que estaban en la superficie.
Gracias a las rápidas gestiones de Fels—quien, al enterarse del fracaso de la "expedición" y la retirada, había movilizado todo—, solo la Familia Ganesha y la Familia Dian Cecht, informados previamente, apartaron a la multitud para comenzar el traslado de los miembros heridos.
La escena de aquel ejército derrotado era abrumadoramente desgarradora. Las miradas de los aventureros que observaban desde lejos eran tan hirientes que Lefiya no pudo soportarlas y desvió la vista.
—… ¿Esos son todos?
—¡Loki…!
Apoyándose en el suelo con las manos temblorosas, de alguna manera logró levantarse, y entonces la vio.
Era su diosa, Loki, quien probablemente había estado esperando todo este tiempo el regreso de sus seguidores.
Los ojos carmesí de Loki se entrecerraron al notar lo pocos que habían sobrevivido desde que partieron hace más de diez días, y se dirigió directamente hacia una persona en particular.
No hacia los gravemente heridos que ni siquiera podían hablar, ni hacia Lefiya, cuya angustia parecía a punto de destrozarla, sino hacia Raúl, quien aún seguía vomitando.
Y se inclinó en un rodilla frente al nuevo comandante, el joven que había tomado la decisión más correcta y, al mismo tiempo, la más pesada de todas, abandonando incluso a Finn y a los demás para llevar a sus compañeros de regreso a la superficie.
—Raúl...
Lentamente, conmovida por todo lo que sabía, extendió su mano hacia el hombro del joven para reconfortarlo. Pero justo en ese momento...
—¡¡……!!
Raúl abrió los ojos de golpe y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, apartó de un manotazo la mano de su diosa.
Los ojos de Loki se abrieron con sorpresa. Incluso Lefiya quedó atónita.
El retroceso del golpe hizo que gotas de sangre salieran disparadas de la herida de Raúl, manchando la mejilla de la diosa.
Con lágrimas teñidas de rojo por su desesperación reprimida, Raúl alzó la vista hacia la distancia, como si buscara algo.
—¡Todavía no...! ¡¡Todavía no, aún tengo...!!
…Aún tengo algo que hacer.
Había una responsabilidad que debía cumplir, algo que tenía que llevar hasta el final, incluso si era de manera miserable.
Lefiya estaba segura de haber escuchado ese grito silencioso.
El joven apartó a Loki con un empujón, se levantó y avanzó tambaleándose.
Su objetivo eran las escaleras que conducían hacia arriba.
Hacia el primer piso de Babel, donde se sentía la presencia de un sol incapaz de convertirse en una bendición.
Su diosa guardó silencio, y lo observó sin decir una palabra.
Lefiya apretó con fuerza los dientes y siguió aquella espalda, miserable pero llena de dignidad.
Los miembros que aún podían moverse también apartaron sus extremidades temblorosas y continuaron avanzando como si fueran cadáveres.
Subieron los escalones uno a uno, pisando con pesadez, dirigiéndose hacia la luz desde donde provenía un increíble alboroto.
Al llegar al final de las escaleras, como si estuvieran arrastrándose, se encontraron con una escena de caos absoluto.
—¿¡La "Expedición" ha fracasado...!?
—¿¡La Familia Loki!?
—¡Los chicos de Hefesto y Dian Cecht también estaban allí, ¿no?!
—¿¡¡Ellos son los únicos que lograron escapar y regresar!!?
El caos, la confusión y los gritos eran aún mayores que en el primer piso del laberinto.
Los aventureros que escucharon la conmoción se llenaron de asombro, miedo e ira. A pesar de los intentos desesperados del pálido personal del gremio por calmarlos, la gente seguía reuniéndose, y la escena estaba al borde del pánico, con gritos y lamentos que llenaban el lugar.
Los heridos, tendidos cerca de las escaleras, esperaban su turno para usar el elevador. Los miembros de la Familia Loki, acostados en el suelo para ser llevados a la clínica del piso superior, despedían un fuerte olor a hierro.
Sus compañeros estaban empapados de sangre fresca.
El grupo estaba completamente golpeado, lleno de heridas, y algunos incluso habían perdido partes de su cuerpo.
La bandera del grupo, que antes de la partida ondeaba con tanta gallardía, ahora estaba hecha trizas y dañada, balanceándose como un payaso llorando.
Y entonces.
—¡La “Expedición” ha fracasado! ¡La “Expedición” ha fracasado! ¡¡¡La Alianza de Familias ha sido aniquilada en el piso 60!!!
En medio del caos, Raúl gritó.
Cubierto de sangre, se sujetaba su brazo herido, y con una expresión que parecía que iba a derrumbarse en cualquier momento, continuó suplicando.
Con los ojos inyectados en sangre y lágrimas cayendo de ellos, dejó de lado el orgullo y la vergüenza, alzando una voz que rozaba el llanto, mientras enfrentaba las consecuencias de su decisión y el "resultado" que debía afrontar.
—¡Rápido, necesitamos refuerzos! ¡Nuestros compañeros, los comandantes, aún están en los “pisos más profundos”…!
Ante ese grito desesperado, el tiempo parecía haberse detenido en la Torre de Babel.
El dolor en los gritos de Raúl y el estancamiento del mundo en silencio consumieron el corazón de Lefiya.
A su lado no estaba Ais.
Riveria tampoco estaba.
Tiona y Tione no estaban allí.
Ni Finn, ni Gareth, ni Bete, ni Anakiti, ni el resto estaba allí.
Solo estaban Lefiya y unos pocos que, tras abandonar a sus compañeros con quienes habían compartido alegrías y penas, habían huido de regreso.
Los ojos de las personas que los rodeaban estaban llenos de condena.
El propio mundo parecía marcarlos con el sello de “perdedores”.
Una abrumadora sensación de impotencia y derrota volvió a invadirla, como si la ahogara, y las lágrimas de frustración acumuladas amenazaban con derramarse desde sus ojos.
Los grandes “héroes” ya no estaban allí.
(Aun no--)
Sin embargo.
Lefiya no hizo "eso".
Ella no aceptó la "desesperación".
Incluso cuando los demás miembros del grupo se desplomaron, con sus rostros abatidos y sus miradas perdidas en el suelo, Lefiya nunca bajó la cabeza.
Porque en su interior estaba presente la "ira".
En el centro de su abdomen, donde un calor abrasador surgía con tal intensidad que parecía derretir incluso las heridas que sangraban, había una chispa, un punto de ignición que no permitía que Lefiya se convirtiera en una niña miserable.
Esa "ira" irrumpió en el campo de visión de Lefiya, con una claridad irritante.
Un "chico" estaba allí de pie.
Su cabello blanco se había detenido junto con el tiempo, y esos ojos carmesí la miraban fijamente, llenos de asombro.
El único aventurero que continuó recibiendo las enseñanzas de su anhelo.
Un "nuevo héroe" que se acerca cada vez más a los grandes "héroes".
(Aun no--¡Esto no ha terminado!)
Lefiya conocía el nombre de esa "ira".
Su nombre era "Esperanza".
Los ojos carmesí y azul zafiro se encontraron.
Reflejando un rayo de esperanza en sus pupilas, sin doblar jamás las rodillas, apretando con fuerza los puños, el hada juró permanecer inquebrantable.
× × ×
Entonces declaró.
—"La gran llama de luz blanca y el rugido del hada acabarán con el desastre y darán inicio al contraataque".